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Los desacuerdos primarios entre padres y como volverlos una influencia positiva para los hijos


Es difícil dar con una única respuesta a los grandes interrogantes de la educación de nuestros hijos. En su mayoría son cuestiones complejas y muchas veces nos plantean auténticos dilemas cuando estamos a cargo de una familia. En especial porque en general hemos heredado patrones muy variados de nuestras familias de origen y aquello que resulta correcto para uno de los padres puede parecer totalmente inadecuado para el otro.

Es habitual observar, por ejemplo, que los hombres permitan a sus pequeños hijos varones manipular herramientas como martillos o pinzas. También tienden a alentarlos a realizar destrezas físicas que involucran algún nivel de riesgo, como cruzar por sí solos un pasamanos de cierta altura. Los niños se encuentran a sus anchas y todo parece marchar sobre ruedas… hasta que aparece la madre en escena. Para ella el solo hecho de pensar en que su pequeñito podría salir herido desata un impulso casi instintivo por protegerlo y ponerlo a salvo…

He aquí un desacuerdo primario no dialogado entre ambos padres que en la mayoría de los casos trae como consecuencia una importante discusión colmada de reproches mutuos que oscilan ¡entre la sobreprotección total y el descuido absoluto! “Mi papá me dejaba jugar con el taladro y nunca me pasó nada”, dirá él. “Sobreviviste porque tu madre sí que te cuidó como es debido”, le responderá ella… estoy exagerando pero la idea es marcar el punto.

Mientras tanto, el niño, que hasta ese momento era solo un pequeñito explorando la vida, siente que se convierte abruptamente en un gigante capaz de desatar una discusión de su mismo tamaño. Cargado de emociones que le resultan incomprensibles y que causan sentimientos de confusión y culpa, el niño cuenta con escasos recursos para comprender la raíz profunda de la pelea entre sus padres, a quienes mira discutir como quien ve un partido de ping-pong. Ama a ambos incondicionalmente y se encuentra imposibilitado para determinar cuál es el lugar que le corresponde dentro de semejante tormenta.

Finalmente se calman los ánimos, la mayoría de las veces los padres se reconcilian en breve y retoman la vida cotidiana trabajando, lavando los platos, llevando a los chicos a la escuela… ¡hasta que el próximo desacuerdo primario no dialogado irrumpe en la vida de la familia!

Así, en el mapa de la conciencia del niño un nuevo signo de pregunta deja marcada su estela.

Siempre me hace reír el siguiente chiste… siendo madre de 3 varones me puedo sentir TAN identificada:

Nene pregunta a mamá: ¿Me das un destornillador?

Mamá: Exactamente, ¿para qué lo querés?

Nene pregunta a papá: ¿Me das un destornillador?

Papá: ¿Phillips o de paleta plana?

Existen múltiples formas en las que los desacuerdos primarios no dialogados se manifiestan pero sus resultados en la educación de nuestros hijos suele ser la misma. Pueden expresarse en silencios, malhumor, indiferencia o enojo.

Este fenómeno suele darse más a menudo aún si no convivimos con el otro padre y, como es de imaginar, se multiplica exponencialmente en las familias ensambladas.

Aunque parezca difícil de visualizar en un principio, también se da este mecanismo en las familias monoparentales.

Si nos encontramos en este último grupo los desacuerdos primarios no son con otro, sino que constituyen el reflejo de las propias contradicciones internas. Somos él único referente a cargo y nos encontramos teniendo que resumir en nuestra persona diversos e importantes roles que por lo general se distribuyen entre dos. Esto hace que nos debatamos entre lo que hemos aprendido de chicos acerca de lo que deben hacer las madres y lo que les toca a los padres. Está claro lo que sí o sí debemos hacer. Debemos hacer de comer, llevar a los niños a la escuela, cuidarlos cuando se enferman y darles el amor de una familia. Pero en relación a su buena educación, las cosas no quedan tan claras… ¿Debemos ser severos o comprensivos? ¿Debemos ser accesibles o mostrarnos con autoridad? ¿Debemos dedicarle más tiempo a hacer las tareas para que sean responsables o a salir al parque a que jueguen y “se descarguen”? Es un proceso demandante que no puede sostenerse de manera permanente y muchas veces luego de un tiempo de aplicar estrictamente nuestras decisiones, tendemos a darnos cuenta que es necesario distendernos y llevar lo cotidiano a una rutina de vida más aliviada.

En vez de tratarse de un mecanismo de discusión y reconciliación con el otro, se trata de una dinámica de tensión y relajación con nosotros mismos.

Podemos sintetizar el mecanismo de los desacuerdos primarios no dialogados en el siguiente esquema:

Vida cotidiana – desacuerdo básico no dialogado – tensión/relajación de los adultos – niño con interrogantes sin respuesta – vida cotidiana – etc.

Esto no es grave si se trata de una situación aislada, o si luego de la tensión los padres contamos con suficientes recursos para buscar una conciliación utilizando el diálogo, el respeto por la opinión del otro y la aceptación de nuestras diferencias. En este caso, los desacuerdos primarios se convierten en una excelente oportunidad para crecer como familia y para crear acuerdos que contemplen las necesidades de todos.

Pero cuando el mecanismo en negativo se instala como rutina de vida, la educación de nuestros hijos tiende a avanzar “en automático” –sin nuestra intervención para generar cambios- y el crecimiento de los niños estará condicionado por nuestros impulsos heredados cuando podría estar en función del despliegue del potencial que ellos encarnan.

Sugerencias para trabajar sobre los desacuerdos primarios y evitar su influencia negativa en la educación de nuestros hijos:

– Evitar las reacciones exageradas, sobre todo si estamos frente a los chicos. Esto distenderá las situaciones y nos permitirá que el otro tenga más deseos de tomar en cuenta nuestro punto de vista.

– Buscar el momento adecuado para marcarle al otro nuestros desacuerdos, sin desautorizarlo frente a los chicos ni dar contraórdenes.

– Registrar por escrito las cosas en las que estamos de acuerdo. Esto nos ayudará a poner en perspectiva los desacuerdos y a visualizar que en verdad hay muchos aspectos en los que sí coincidimos.

– Como sugiere Miguel Ruiz en su libro “Los cuatro acuerdos”: no tomarnos nada personal, no hacer suposiciones, dar siempre lo mejor de nosotros mismos y ser impecables con las palabras.

El otro no educa a nuestros hijos “en contra nuestra” sino como mejor le sale. Comprender que no se trata de algo “personal” y reemplazar las suposiciones por el diálogo abierto y sincero será de gran ayuda a la hora de enfrentar nuestros desacuerdos primarios. Si sabemos que ambos estamos dando lo mejor de nosotros y cuidamos las palabras que decimos, estaremos definitivamente en la senda de la resolución de este tipo de conflictos y los principales beneficiarios serán nuestros hijos y por supuesto, ¡nosotros mismos!

Cuando las madres y los padres comenzamos a sentir que hay algo equivocado en el modo de funcionamiento familiar, algo que nos incomoda como adultos y que afecta las emociones de nuestros niños finalmente nos disponemos a la difícil –y casi siempre dolorosa- tarea de revisar nuestros patrones internos, de comprender el origen primario de los propios impulsos y de limpiar nuestros peores rincones de orgullo, temor, impaciencia y enojo.

En la mayoría de los casos descubrimos que allí, debajo de los escombros del tiempo, está nuestra propia historia como niños. Solo un gran amor es capaz de motorizar semejante tarea. Es por el amor hacia nuestros hijos, solo gracias al increíble amor que por ellos sentimos, que podemos estar dispuestos a salirnos de la inercia. Podemos así desde una nueva conciencia, iluminada por la luz de la verdad, decidir cuál es el rumbo que le daremos a la educación de nuestros hijos. No se tratará ya de educar con el piloto automático, siguiendo las rutas demarcadas por otros. Educar a los hijos podrá convertirse entonces en una valiosa instancia de crecimiento personal. El amor por ellos nos permitirá hallar la llave maestra para sanar nuestras emociones. De este modo podremos saber claramente qué educación queremos brindarles y cómo debemos hacerlo.

Por último... ¿Quién dijo que los padres tienen que estar de acuerdo en todo? Es una locura desquiciante: son dos personas diferentes! (Además... si a veces ni siquiera estamos de acuerdo con nosotros mismos, menos con otro) ¿Acaso no es mucho más enriquecedor para la formación de los hijos que modelemos la posibilidad real y muy saludable de convivir amorosamente aun estando en desacuerdo en ciertas cosas?

“Los hijos nos perfeccionan en el amor”, Gabriela, mamá de Cami (2 años) en La Casa Naranja.

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