Comunicación no violenta y estímulo. La fórmula que transmuta berriches y favorece los buenos vínculos.

May 2, 2018

 

Si nuestra hijita se niega a subir al auto porque quiere regar las margaritas del jardín y nosotros estamos llegando tarde a una reunión importante bien podemos encontrarnos ante un auténtico dilema. No deseamos “tercerizar” la obediencia, asustándola con mentiras o distrayéndola con un pajarito que pasa volando y mucho menos sobornarla con un caramelo. Quisiéramos que fuera razonable, que entendiera, que le importara nuestra necesidad y que no fuera tan empecinadamente testaruda. ¿Qué alternativas tenemos entonces? ¡Tenemos la comunicación no violenta y el estímulo!

¿En qué consiste? Pues bien, es una fórmula muy sencilla y altamente efectiva, que lamentablemente (para nosotros los padres) está muy poco difundida y consiste básicamente en lo siguiente:

 

Reconocer la emoción del niño valorando su iniciativa + explicitar de nuestra necesidad = llegar a un acuerdo.

 

En el ejemplo anterior podría ser un díalogo más o menos así:

–      Clara necesito que subas al auto y te dejes abrochar. Tengo 20 minutos para llegar a una reunión.

–      No quiero, quiero regar las margaritas una vez más.

–      Entiendo que estás divertida regando y te gusta el agua. Cuando cuidas las plantas yo me siento feliz. Pero en este momento necesito llevarte a lo de los abuelos e ir a mi reunión.

–      No, quiero regar, regar, regar.

–      Vos querés regar y yo quiero que nos vayamos. ¿Qué te parece si llevamos la regadera y seguís regando en lo de los abuelos?

–      (después de meditarlo unos momentos) ¡Está bien!

 

Claro que esto parece un imposible cuando nuestro pequeño se ha tirado en medio de la vereda a los gritos porque le hemos dicho que no vamos a comprarle ese juguete que acaba de ver en la vidriera. O cuando estamos en una reunión por la noche y nuestro hijo empuja y llora a los gritos. Pero aunque parezca mentira, con un poco de práctica e imaginación ¡podremos lograrlo! Lo importante es volvernos como detectives que podamos “leer” qué emoción está llevándolos a actuar de esa forma y buscar alternativas que los hagan sentir reconocidos en sus intereses. Ellos recibirán estímulo y nosotros un gran alivio. Veamos los pasos que nos llevarán al éxito en la comunicación con nuestros hijos.

 

Respiramos profundo: a menos que estén poniéndose en riesgo a ellos o a otro, o arruinando algo. Si es así los tomamos con firmeza pero suavidad para evitar el accidente y luego… respiramos.

 

Permanecemos calmos, amables, empáticos pero firmes. Si se trata de un conflicto con un par, podemos narrar la situación, al estilo del comentarista deportivo sin culpar ni acusar a nadie.

 

“Tomás y Martín están queriendo agarrar el mismo camioncito, es difícil cuando ambos quieren lo mismo, es difícil resolverlo, entiendo que están frustrados, pero no dejaré que se peguen”.

 

Los niños comprenden que está en ellos hallar la solución al problema, que cuentan con nuestro apoyo y con nuestra confianza en su capacidad para lograrlo. Si les damos tiempo suficiente, que la mayoría de las veces es solo unos 20 segundos, los niños solos resuelven la situación y continúan jugando como si nada hubiera pasado aunque ahora son un poquito más sabios que el minuto anterior.

 

Reconocemos sus sentimientos y puntos de vista. El hecho aquí es que los niños están haciendo algo que los pone en desacuerdo con nuestro modo de ver y entender las cosas. De allí surge la necesidad de poner un límite. Ciertos padres tenemos un umbral muy bajo ante ciertas conductas, mientras que otros padres miramos con total aceptación que nuestro pequeño vaya arrebatando los juguetes de todos los que aparecen a su paso. En el medio entre ambos extremos estamos la mayoría.

El punto importante para el niño no es quedarse con ese juguete en especial, o pintar específicamente ese sofá. El punto es sentir que tiene autonomía, que puede hacer lo que quiere, porque esto afianza su identidad.

Sin embargo, cuando hacer lo que quiero choca con lo que los demás esperan y quieren, deben aprender a llegar a acuerdos. Si reconocemos sus sentimientos (frustración, angustia, enojo) y avalamos su punto de vista ellos estarán mucho más dispuestos a darnos el mismo trato, accediendo a nuestros pedidos de manera mucho más rápida y serena.

Si Luciano revoleó un autito por el aire porque María no quiso jugar con el a hacer la torre de cubos, podemos leer en su gesto la frustración que siente en su deseo de compartir el juego con otro.

 

“Entiendo que quieras hacer una torre con María y ella ahora prefiere jugar sola. Estás enojado. Pero no podemos tirar los autitos por el aire. Se rompen y lastiman.”

 

Nos sorprenderá la reacción del niño. Por lo general nos escucha, levanta la mirada y pide consuelo buscando nuestros brazos. Para él el tema central era su sentimiento de exclusión y nuestro comentario lo ha hecho sentir aliviado.

 

Apreciamos sus logros e incentivamos la curiosidad. En raras ocasiones los chicos hacen algo que nos resulta inaceptable “porque sí”. Lo que sucede es que muchas veces lo que hacen nos enoja, nos desconcierta o nos hace sentir avergonzados (como cuando pegan a un amigo). Pero por lo general existe tras su acción una motivación que está relacionada con el deseo de ganar autonomía, de expresar sentimientos, de vincularsse con sus pares o de explorar y comprender mejor el mundo en el que crecen.

Si podemos “decodificar” la intención con la que están haciendo determinadas acciones y la situación no es grave, podemos verle el lado bueno, alentando la parte positiva de su iniciativa y ayudándolos a encaminar la acción en un contexto adecuado.

 

Por ejemplo, si el niño se sirvió solo la leche y la volcó en la alfombra del living, podemos reconocer su capacidad para atender por sí mismo sus necesidades y ayudarlo a que encuentre el contexto adecuado donde practicar esta habilidad de manera más adecuada. Si comprometemos al niño en la actividad de reparar el daño sin enojo de nuestra parte (es decir, no como un castigo sino con una intencionalidad educativa), lo harán de buen gusto y nos mirarán con enorme agradecimiento cuando los llevemos al patio y les digamos:

 

“Creo que se te volcó la leche porque diste vuelta muy rápido el envase y salió a mucha velocidad. Vamos a practicar sirviendo agua de esta jarra en estos vasos de plástico. ¿Qué te parece? La alfombra es importante para todos en casa y no te dejaré que vuelvas a traer la leche para servirla ahí. Pero sí podrás servirla en la mesa”.

Podemos estar seguros que recibiremos un entusiasta “¡Sí!” por respuesta y tendremos en casa un niño que estará más que dispuesto a colaborar y aceptar los límites como un gesto de cuidado.

 

Apreciamos la honestidad y somos un ejemplo de autocontrol. En las ocasiones en las que no estábamos presentes cuando sucedió algo que necesita ser marcado como un límite, solemos preguntar: “¿Quién fue?, ¿Vos hiciste esto??”.

 

La mayoría de las veces los niños niegan su responsabilidad si nos ven preguntando “en ese tono” agudo y nervioso que como un fuerte viento veraniego anticipa la conocida tormenta de retos y reproches.

 

Ahora bien, si estamos enojados porque le gritó y pegó a un amigo y para enseñarle que no lo haga le gritamos y pegamos vamos por mal camino porque somos los primeros en mostrarnos descontrolados y desde allí poco se podrá reparar de la situación.

Por eso, es sumamente recomendable que primero que nada respiremos. Luego, con un tono de voz que refleje que estamos calmos y que somos nosotros los que estamos al mando, hacemos una aclaración mágica:

 

“A mi me tranquiliza que me digan la verdad. ¿Vos rompiste el florero?”.

 

Tal vez los chicos pongan los ojos redondos y moviendo la cabeza de izquierda a derecha sucesivamente digan con acento alargado:

 

“¿Yo? Noooo”.

 

Nosotros solemos saber quién fue, pero acusarlo no dará tan buenos frutos como insistir una vez más.

 

“Yo nunca me enojo cuando me dicen la verdad y simplemente me gustaría saber a quien le pasó esto”.

 

Si perciben que somos sinceros, inmediatamente reconocen las cosas tal y como fueron. Esto permite que podamos hablar con ellos, marcarles nuestro punto de vista y las normas para jugar con la pelota y buscar juntos una forma de arreglar las cosas. El jarrón ya está roto, por mucho cariño que le tuviéramos. Castigar física o verbalmente al niño por su acción no va a repararlo, ni mucho menos. Por el contrario, si valoramos al niño por su sinceridad y con firmeza conversamos acerca de lo sucedido, haciéndolo asumir consecuencias claras por lo sucedido, las cosas pueden tomar un camino bien distinto.

 

Tendremos en definitiva un jarrón partido pero un niño bien íntegro. ¿Acaso no es una buena inversión?

 

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