Socialización y aprendizaje. El lugar de la familia, el lugar de la escuela.


Durante años se debatió acerca de la necesidad de la escuela de educar o no en valores a sus estudiantes. Mucho también se ha dicho acerca del papel que deben ocupar los padres y madres en los aprendizajes curriculares de sus niños.

¿A quién corresponde la responsabilidad de educar a los niños: a los padres o a la escuela? ¡Yo creo que a ambos!

Para comprender mejor esta afirmación tal vez sea necesario hacer un breve repaso histórico acerca de la transformación de ambas instituciones en las últimas décadas.

Hace unos 50 años el maestro y la escuela ocupaban un lugar casi sagrado dentro de los valores sociales. La palabra del maestro era indiscutible y a los padres no se les cruzaba la idea de que sus hijos no respondieran a sus docentes con respeto y disciplina. Esto no significa que no hubiera dificultades, ni que la escuela y las familias de esa época hayan sido mejores que la nuestra. Simplemente nos habla de una noción generalizada que existía acerca del lugar destacado que ocupaban las instituciones educativas y los docentes dentro de la sociedad. La palabra del maestro era sagrada y raramente a un padre se le hubiera ocurrido ir a la escuela a discutir nada. Si un niño traía una solicitud de entrevista a casa, lo más probable es que recibiera una mirada severa y una pregunta cargada de sospechas: “¿Qué hiciste ahora?”.

Paulatinamente, una combinación de instancias históricas, económicas y socioculturales llevaron a un fuerte resquebrajamiento de las instituciones sociales tradicionales. Pocas fueron tan influenciadas como la familia y la escuela. Ambas atestiguaron el comienzo de un largo proceso de reformulación de sus estructuras internas. Probablemente el Mayo Francés sea el símbolo que marcó el hito de esta transformación.

La mayor inserción de la mujer en el ámbito laboral y político, la legalización del divorcio, el desarrollo de técnicas de fertilización asistida y el nacimiento de tendencias de consumo globalizado son algunos de los elementos que modificaron el núcleo estructural de la familia. Hoy en día resulta ingenuo hablar de la familia tipo, ya que no existen parámetros fijos para definirla.

Algo similar sucedió con la institución escolar. En algunos aspectos se vio afectada por factores similares a los que modificaron la noción de familia. Pero además, ante la puesta en marcha de ciertos mecanismos del mercado internacional, las políticas educativas se alinearon con la necesidad de preparar personal idóneo para cubrir puestos de trabajo altamente especializados y en muchos casos se amplió mucho la brecha social, surgiendo el desempleo como una epidemia mundial. Una suerte de carrera desenfrenada y competitiva por enseñar más, más rápido y mejor se apoderó de las instituciones escolares de elite, mientras cientos de otras escuelas especialmente de los países tecnológicamente menos desarrollados se encontraron ante el desafío de apalear la pobreza, la violencia y la desnutrición infantil. También existen cada vez más impulsos de educación experimental, educación libre, educación viva... aunque la gran mayoría de los niños y familias no acceden a este tipo de experiencias.

Cada época tiene sus desafíos y creer que “antes todo era mejor” resulta no solo ingenuo sino también poco operativo. No estamos educando a nuestros hijos “antes”, estamos ahora y tenemos que hallar la forma de hacerlo lo mejor posible.

El hecho es que los papeles que le tocaba actuar a la familia y a la escuela antes estaban bien distinguidos pero hoy en día se han interrelacionado como cuando se baraja un mazo de cartas y de ello han surgido múltiples y novedosos modos de ser, tanto para las familias como para las escuelas. Este movimiento genera el nacimiento de nuevos significados y nuevas prácticas. Cuando hay cambio, hay oportunidades y nosotros estamos frente a un cambio constante.

¿Cuáles son estas oportunidades?