Socialización y aprendizaje. El lugar de la familia, el lugar de la escuela.

April 24, 2018

 

Durante años se debatió acerca de la necesidad de la escuela de educar o no en valores a sus estudiantes. Mucho también se ha dicho acerca del papel que deben ocupar los padres y madres en los aprendizajes curriculares de sus niños.

 

¿A quién corresponde la responsabilidad de educar a los niños: a los padres o a la escuela? ¡Yo creo que a ambos!

 

Para comprender mejor esta afirmación tal vez sea necesario hacer un breve repaso histórico acerca de la transformación de ambas instituciones en las últimas décadas.

Hace unos 50 años el maestro y la escuela ocupaban un lugar casi sagrado dentro de los valores sociales. La palabra del maestro era indiscutible y a los padres no se les cruzaba la idea de que sus hijos no respondieran a sus docentes con respeto y disciplina. Esto no significa que no hubiera dificultades, ni que la escuela y las familias de esa época hayan sido mejores que la nuestra. Simplemente nos habla de una noción generalizada que existía acerca del lugar destacado que ocupaban las instituciones educativas y los docentes dentro de la sociedad. La palabra del maestro era sagrada y raramente a un padre se le hubiera ocurrido ir a la escuela a discutir nada. Si un niño traía una solicitud de entrevista a casa, lo más probable es que recibiera una mirada severa y una pregunta cargada de sospechas: “¿Qué hiciste ahora?”.

 

Paulatinamente, una combinación de instancias históricas, económicas y socioculturales llevaron a un fuerte resquebrajamiento de las instituciones sociales tradicionales. Pocas fueron tan influenciadas como la familia y la escuela. Ambas atestiguaron el comienzo de un largo proceso de reformulación de sus estructuras internas. Probablemente el Mayo Francés sea el símbolo que marcó el hito de esta transformación.

 

La mayor inserción de la mujer en el ámbito laboral y político, la legalización del divorcio, el desarrollo de técnicas de fertilización asistida y el nacimiento de tendencias de consumo globalizado son algunos de los elementos que modificaron el núcleo estructural de la familia. Hoy en día resulta ingenuo hablar de la familia tipo, ya que no existen parámetros fijos para definirla.

 

Algo similar sucedió con la institución escolar. En algunos aspectos se vio afectada por factores similares a los que modificaron la noción de familia. Pero además, ante la puesta en marcha de ciertos mecanismos del mercado internacional, las políticas educativas se alinearon con la necesidad de preparar personal idóneo para cubrir puestos de trabajo altamente especializados y en muchos casos se amplió mucho la brecha social, surgiendo el desempleo como una epidemia mundial. Una suerte de carrera desenfrenada y competitiva por enseñar más, más rápido y mejor se apoderó de las instituciones escolares de elite, mientras cientos de otras escuelas especialmente de los países tecnológicamente menos desarrollados se encontraron ante el desafío de apalear la pobreza, la violencia y la desnutrición infantil. También existen cada vez más impulsos de educación experimental, educación libre, educación viva... aunque la gran mayoría de los niños y familias no acceden a este tipo de experiencias.

 

Cada época tiene sus desafíos y creer que “antes todo era mejor” resulta no solo ingenuo sino también poco operativo. No estamos educando a nuestros hijos “antes”, estamos ahora y tenemos que hallar la forma de hacerlo lo mejor posible.

 

El hecho es que los papeles que le tocaba actuar a la familia y a la escuela antes estaban bien distinguidos pero hoy en día se han interrelacionado como cuando se baraja un mazo de cartas y de ello han surgido múltiples y novedosos modos de ser, tanto para las familias como para las escuelas. Este movimiento genera el nacimiento de nuevos significados y nuevas prácticas. Cuando hay cambio, hay oportunidades y nosotros estamos frente a un cambio constante.

¿Cuáles son estas oportunidades?

 

Lo que nos toca hacer como familia: elegir, sostener, avalar.

–      Elegir la escuela. ¿Cuáles son los valores prioritarios que esperamos que nuestros hijos reciban en su educación? ¿Deseamos una escuela grande, tradicional, con trayectoria o una institución pequeña, especializada en una pedagogía que nos interesa? ¿Preferimos una educación laica o religiosa? ¿Cuántas horas al día deseamos que pasen nuestros hijos en la escuela: será doble jornada o solo medio día? ¿Cómo es el perfil de las familias que envían a los niños a la escuela elegida; nos sentimos identificados con ellas? ¿Elegiremos una escuela con una orientación (humanística, técnica, artística, bilingüe)? Estas son solo algunas de las preguntas que podemos hacernos a la hora de elegir dónde escolarizar a nuestros hijos. Debemos saber que es una decisión importante, que depende exclusivamente de nosotros.
Es natural que pidamos referencias a amigos que ya tengan la experiencia de mandar a sus hijos o que pidamos opinión a conocidos. Incluso podemos preguntar a nuestros hijos dónde se sintieron más cómodos. Pero esta información debe servirnos solo como un referente más, muy especialmente la opinión de los niños. A ellos tal vez les gustó que el arenero era grande o ¡que había un perro en la casa de al lado! Dejar que ellos tomen la decisión no solo es azaroso sino que también implica una responsabilidad que no les corresponde. Somos nosotros los que sabemos lo que deseamos brindar a nuestros hijos y es nuestra tarea elegir la escuela que más acompañe nuestra visión. Si bien en cuanto a las prácticas pedagógicas muchas escuelas son similares, cada comunidad docente es única ya que refleja el “alma” de la institución, su historia, su modo de ser. Cada escuela es diferente y de seguro existe una que esté afinada con lo que nosotros deseamos hallar.
–      Elegir cuándo escolarizarlos. Por múltiples motivos algunas familias mandan a sus hijos al Jardín Maternal mientras que otras esperan el máximo posible antes de escolarizarlos. Si trabajamos y necesitamos que los chicos estén al cuidado de un tercero, algunos padres buscamos una niñera para que se quede en casa mientras que otros preferimos que nuestro bebé esté al cuidado de profesionales de la educación desde pequeño. Ambas opciones son válidas. Lo importante es saber que esta no es una decisión menor y que debemos evaluarla con tranquilidad tratando (como siempre) de fundarnos en nuestro propio criterio.
–      Sostener la escolaridad. Este punto implica desde lo más básico hasta lo más sutil. En los aspectos básicos encontramos tareas como mandarlos todos los días, cuidar que tengan todos los útiles, que la mochila esté en orden, que lleguen a horario y que como familia respetemos las normas de la institución (uniformes, modos adecuados de comunicación, ideario escolar, asistencia a reuniones y eventos, etc.) y que cumpla con sus tareas y con el estudio. Pero sostener la escolaridad también se refiere a nuestra responsabilidad como padres de ser un sostén simbólico para nuestros hijos de modo tal que él pueda sentir el apoyo necesario para mirar hacia su propio destino y paso a paso avanzar por el mismo.

–      Sostener la socialización. Los chicos no van a la escuela con los mismos objetivos con los que nosotros los mandamos. Ellos no están particularmente fascinados por la reproducción de las plantas o la letra imprenta mayúscula. A ellos lo que les interesa es jugar. Y para eso nada mejor que estar con otros 25 chicos.
–      Avalar a nuestro hijo. En la escuela no solo se aprenden contenidos de lengua y matemática, de artes y ciencias. Se aprende a salir al mundo, en un ensayo a pequeña escala. Nuestros hijos necesitan saber que estamos para acompañarlos en esta experiencia, que cuentan con nosotros, que nos importa lo que les pasa mientras están en la escuela. Por ello es tan importante que escuchemos lo que les sucede, que evaluemos la información con calma y que nos acerquemos a hablar con la dirección y las maestras en todos los casos que nos parezca necesario. Nuestro hijo se sentirá comprendido y sostenido porque sabrá que los adultos (familia y escuela) están abocados a cuidarlo.
–      Avalar la comunidad docente. Es importante que tengamos un compromiso real con la escuela y confianza en sus servicios, porque muy pronto sucederán cosas que nos preocupen, que nos resulten un desafío o que no nos gusten. Esto es parte inevitable del crecimiento de nuestros hijos. Si no hay valoración y confianza para conversar estas inquietudes con el equipo educativo y si desconfiamos de sus decisiones comenzaremos a quejarnos en la puerta, a sentirnos preocupados y a tejer un mar de sospechas. Los primeros en “captar” la señal que emitimos serán nuestros hijos. Lo peor que puede pasarle a un niño escolarizado es sentir que sus padres y sus maestros están atrincherados unos contra otros… porque es él o ella quien queda en el medio del campo de fuego. Los niños necesitan saber que nosotros acordamos con los adultos de la institución y que avalamos sus decisiones… no que estamos atrincherados en su contra. La escuela no es un enemigo de la familia, sino su aliado. Si no es así tal vez sea mejor pensar en buscar otra institución, por el bien de nuestros hijos, nuestro y de la escuela.

 

Lo que le toca a la escuela: enseñar, socializar y honrar.

–      Enseñar los contenidos curriculares: esto parece una obviedad, pero no lo es tanto. Muchas veces los padres creemos que también es nuestro trabajo enseñar los contenidos escolares a nuestros hijos. En verdad esta tarea le toca a la escuela. Nosotros podemos ayudarlos a que cumplan con sus tareas, que tengan los materiales que necesitan y que se organicen para estudiar en un espacio adecuado de la casa. También podemos compartir con ellos el amor por la lectura, leerles y narrarles cuentos y acompañarlos en general a que puedan aplicar lo que están aprendiendo en la vida práctica. Por ejemplo, si están comenzando a escribir por sí mismos podemos permitirles que sean ellos los que escriban la lista de las compras y e ir juntos al museo etnográfico si están conociendo las comunidades originarias. Podemos ayudarlos a repasar las tablas y “tomarles lección” cuando son más grandes y necesitan repasar para una prueba. Pero si nos parece que no están aprendiendo los contenidos curriculares lo ideal es que nos acerquemos a la escuela a tener una entrevista con la docente y que le pidamos a ella que nos explique cómo está trabajando y cómo evalúa ella el desempeño escolar de nuestro hijo. Si la escuela lo cree necesario nos dará indicaciones precisas acerca de qué más podemos hacer para ayudar a nuestro hijo en su aprendizaje, como actividades en el hogar que complementen las de la escuela o una consulta con un profesional como una psicopedagoga. Lo que debemos evitar es “invadir” la tarea de la escuela por nuestra cuenta, explicando los contenidos pedagógicos a nuestro mejor entender, como lo aprendimos nosotros cuando éramos chicos, poniéndole nuestra mejor voluntad. Esto, sin notarlo, puede llevar a nuestro hijo a sentirse desorientados. La sistematización de las prácticas escolares siguen una secuencia didáctica que está organizada con una intencionalidad y responde a objetivos específicos de modo tal que los niños puedan apropiarse de los aprendizajes de manera significativa. Si nosotros interferimos en este proceso puede que causemos más confusión que ayuda. Confiemos en la escuela en este respecto y solicitemos entrevistas siempre que lo necesitemos. Si seguimos disconformes con las respuestas que nos brindan, en vez de querer asumir nosotros el trabajo de enseñarles tal vez sea oportuno pensar en un cambio de escuela.
–      Socializar: le toca también a la escuela la tarea de favorecer y enriquecer la  de los niños, alentando los vínculos de amistad, compañerismo y respeto mutuos. Por más que el intercambio entre los niños se da de manera espontánea, esto no significa que sea un asunto del que la escuela pueda ni deba desentenderse. La formación y participación ciudadana, la vivencia de los ideales éticos y la educación en valores humanos debe ser parte del proyecto educativo. Hace unos años se debatía acerca de si la escuela debía o no incluir la educación en valores dentro de sus responsabilidades pedagógicas. Sin embargo en el contexto actual, cuando el maltrato y la violencia son parte de la preocupación cotidiana de padres y docentes y la sociedad en general, nadie duda acerca de la importancia de que las instituciones educativas tengan una propuesta clara y efectiva para acompañar a sus estudiantes en el desarrollo de su ciudadanía. La socialización incluye no solo el aspecto del vínculo con sus pares, sino también la preparación para la vida en sociedad, donde los ejes transversales como la educación vial, la educación para el consumo y la educación sexual se vuelven una prioridad. Una socialización sana y feliz son parte de los elementos básicos de formación que necesitarán nuestros hijos para poder desenvolverse adecuadamente en la vida.
–      Honrar: así como los padres debemos avalar a la escuela y a su comunidad educativa, la escuela debe honrar a la familia y mirar a cada estudiante recordando que tiene a su padre y a su madre sosteniéndolo detrás. Por más que ciertas familias tengan un nivel de complejidad que puede llegar a lo patológico, ese hombre y esa mujer le han dado la vida al niño y el niño tendrá para con ellos una lealtad total. En nuestro caso, sin llegar a tales extremos, debemos saber que la escuela debe honrarnos como familia, aceptar nuestro modo especial de ser y en el mejor de los casos ofrecernos su ayuda para que ganemos mejores herramientas ante los desafíos que la crianza nos presenta. Así como los padres no debemos entablar una guerra fría contra la escuela, la escuela no puede ni debe ponerse en pie de guerra contra de los padres, desautorizándolos o desoyendo sus necesidades. ¿Cómo podremos legar a nuestros niños un mundo sin violencia si así fuera?

 

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